Compartir la aventura de leer

Cuando el niño está aprendiendo a leer, es conveniente acompañarlo y compartir con él esa aventura. El padre debe estar cerca, brindando su apoyo y estímulo al novel lector, explicando las palabras difíciles que aparezcan en el texto, comentando su contenido, relacionándolo con las experiencias vitales y sentimientos del pequeño lector.

Es recomendable que, si van a leer un cuento, por ejemplo, con frecuencia lo hagan juntos, entre los dos. Esa co-lectura en voz alta, alternándose fragmentos del relato, es muy estimulante para el niño, que se siente seguro y retado a sortear las dificultades del desciframiento de los signos de la escritura.

Si le obsequiamos un cuento y él se muestra reticente a leerlo porque lo encuentra demasiado extenso, le propondremos: “Tú lees una página y yo leo otra”. Esta técnica, conveniente para los muchachos que todavía no tienen absoluto dominio de la lectura y, por lo tanto, se fatigan más, no debe desdeñarse en edades mayores.

Tener un co-lector resulta siempre muy grato, pues esa lectura “a cuatro ojos” constituye un acto profundamente afectivo y de comunión. De la misma manera que cuando el niño aprende a caminar lo sostenemos y estamos pendientes para ayudarlo si sufre una caída, es aconsejable acompañarlo también cuando empieza a leer.

¿Acaso no es esa otra forma de caminar por la vida? Ser co-lectores de nuestros hijos cuando se enfrentan a sus libros iniciales, felicitarlos por sus progresos, despertar en ellos el entusiasmo por el texto literario, es de gran utilidad. No lo dejemos solo mientras da sus primeros pasos autónomos por el universo de la palabra escrita.

El arte de la comunicación y el gusto por la lectura

Ya según Corominas, la etimología de la palabra “comunicar” es altamente sugestiva: deriva del término latino “communicare”, que significa, nada más y nada menos, “compartir”.

Fíjese cómo el vaciamiento de las palabras provocado por la erosión del uso y del tiempo, nos trae finalmente a una actitud equívoca. Lo que habitualmente se interpreta como comunicar (“señores: les comunico que…”), es simplemente informar. ¡Cuántas veces se habrá informado, sin compartir!

Pero aquella etimología semántica originaria puede volver a ser aprendida. Esta lección llega innegable, inocultable, cuando un chico (o un grande) advierte, no sin asombro, que ésa, la comunicación, es tal vez el único “certificado”, el verdadero y auténtico “comprobante” de que él ES, de que está vivo.

¿Un ejemplo?

Si su hijo no quiere ir a la escuela, no pierda más tiempo en buscar las causas. No le grite que es un haragán, inconsciente, vago, pertinaz, etc. etc. Invierta todo lo que pueda en buscar soluciones. Porque la primera razón -y tal vez la única causa válida- es que no tiene comunicación con los maestros. Intentan informarlo y ni eso consiguen a veces.

Llega el chico a la escuela y, muy comúnmente, no “siente” que existe. Los diálogos y las informaciones son reales, pero pertenecen a un mundo en el que el niño no “vive”.

Tampoco señale culpas porque profundizará el abismo entre esas dos “cápsulas” herméticas, en las que hay vida pero nadie lo sabe, nadie lo ve de verdad. No tiene sentido buscar culpas. No las tienen los chicos ni los grandes.

El fracaso no tiene relación directa con el esfuerzo docente. Si un maestro no logra comunicarse es porque no sabe o porque no puede. No ha descubierto aún la maravilla, el milagro portentoso. No habrá alcanzado el aprendizaje vital necesario. No habrá vivido él mismo un verdadero instante de comunicación, el asombro de tomar conciencia de su propio YO, un universo que, transitando su propia órbita, su destino singular e irrepetible, recibe de pronto la luz de otro YO que por ninguna razón, o por la más esencial, le sirve de espejo de todas las certezas.

Y eso no se aprende ni siquiera leyendo todos los libros de pedagogía y de psicología infantil escritos y por escribirse. Hay un aprendizaje que brota del transcurso de los días y hay certezas que jamás se alcanzan.

Miremos bien adentro de nosotros mismos y nos daremos cuenta de que sólo somos unos chicos… algo creciditos, nada más. Como ellos, sólo reaccionamos afectivamente. Quiero decir que únicamente aquellas experiencias que rozan lo esencial son vitales.

El resto de nuestra actividad, bien racionalizada y resguardada detrás del inexpugnable “sentido del deber”, de la asombrosa “responsabilidad” y de la tan esperada “madurez”, elevados al más encumbrado título de VIRTUD, no es más que aquella vieja respuesta infantil al “¡hacé esto porque si no…!”, con los arreglos, modificaciones, variaciones y argumentos que aseguran la “superioridad” del adulto que se pasó horas, días, meses, años, vidas, acumulando experiencia, que será proporcional a la altura a la que haya podido elevarse.

Pero la vida, energía, motivación… eso lo consiguen las vivencias que logran estimular el alma; aquellas cosas que nos quitan el sueño; o las que nos despiertan sueños nuevos.

¿Por qué fracasa la escuela? Tal vez porque sabe demasiado sobre Piaget y poco de cada uno de los chicos. Porque, contrariamente a la tendencia más generalizada del ser humano, que acabó por ser un empecinado “clasificador de especies”, los chicos no son “EL CHICO”. Cada uno es un ser individual, autónomo. El gordito no siempre es alegre y despreocupado, por ejemplo. ¡Cuántos pesares les podríamos haber ahorrado a los gorditos si no creyéramos tan apresuradamente que son superficiales y resistentes a la herida de la burla!

No es cierto que “al chico” muchas cosas no le interesan. Los chicos son la fuente más inagotable y natural del asombro y de la curiosidad. Si en algo podemos generalizar, paradójicamente, es al decir que las dos características esenciales son éstas: todos son distintos y TODO les interesa. Hay una sola condición: como los grandes, sin saberlo, ellos también buscan todo aquello que los haga sentir vivos. Y eso no depende tanto de lo que llega sino de cómo, cuándo y de dónde llega.

La escuela fracasa cuando busca “cargar una base de datos” en el centro de cómputos más delicado que existe, que es la memoria de un niño, y no procura con el mismo afán abrir CON él, compartiendo, todas las puertas que nos llevan a encontrar los espejos frente a los cuales los alumnos y los maestros nos miramos juntos, y juntos descubrimos la vida.

¿Por qué a las dos de la madrugada nos resultaría imposible conseguir un rayo de Sol? Por la misma razón un maestro no puede proponerse lograr aquí, a esta hora, en este día, que el chico esté sumamente dispuesto a mostrarse interesado y receptivo hacia la raíz cuadrada o a la superficie del círculo.

Y la literatura infantil sólo tiene una oportunidad si logra comunicarse; si puede llegar al alma del niño por la simple y poderosa razón de que éste descubre que alguien está compartiendo algo con él. Una vez que el chico QUIERA, él mismo se encargará de poner los datos donde corresondan.

¿Por qué los chicos no leen? Porque ese sentido de obligación perentoria, ese buscar el Sol a las dos de la mañana que muy comúnmente constituye el método escolar, hace que huya de todo lo que asocie con el estudio, que es para él, además, un peso, una carga, un peligro (notas, amonestaciones, firmas, enojos, retos) y en muy pocos casos logra ser el gran ventanal por donde se asoma a observar con entusiasmo y amor el inmenso espectáculo de todo lo que hay que ver en esta vida.

Las cosas que aprenden con más firmeza en la escuela son éstas: que lo que parece tener más valor es lo que a ellos no les llama la atención; que lo que han tenido que leer no les gustó, porque la propuesta no iluminó más que esa parte del ser humano que se resigna al deber. Casi todo lo que tienen que leer es gris, silencioso y opaco. Y ellos quieren color, música y brillo.

Felizmente, muchos maestros y no pocos escritores han descubierto que detrás de esa aparente trivialidad de los argumentos de la literatura infantil, puede dejarse escondida aquí o allá una señal que los niños percibirán, tal vez sin saberlo, y se quedarán afectivamente atrapados a la lectura, o al maestro, o al escritor.

Yo no podría transcribirle una fórmula que habrá de aplicarse para que sin temor al fracaso alguien intente que un niño lea. No existe esa fórmula, ni para el docente, ni para el escritor.

Como todos los chicos son distintos, todos los maestros y todos los escritores también. Por lo tanto, lo que cada uno tendría que proponerse, es descubrir su propio universo, desasirse de todo lo que cubre su verdadero “ser”, y volcar rayos de luz por todas partes. Seguro que no va a iluminar a todos. Cada vez que escribo algo, me siento conforme pensando en la posibilidad de que al menos otro ser, uno solo siquiera, reciba la vida que puse detrás de cada letra, para que “quiera” encontrarse, a través de mí, con el tema que le propongo.

Y cuanto más intente un escritor -o un maestro- esconder unas partículas de su esencia vital detrás de un relato, en medio de un argumento, más será un portador de esa verdadera realidad que los chicos andan buscando con desesperación. Y si ellos no saben pedirla, ¡cuántas veces nosotros tampoco sabemos dársela!

No creo que debamos aceptar con tanta resignación esa “enorme ventaja” que parece llevar la televisión o, en general, el material visual, respecto de la literatura.

¿Es que acaso no podemos nosotros crear imágenes? También las de la pantalla se van formando una línea tras otra. Y cada línea está formada por miles de puntos. Tomemos nuestras propias líneas y nuestros propios puntos e intentemos crear las imágenes que les hagan descubrir paisajes nuevos por donde comenzar a recorrer el infinito territorio del asombro. Y nunca más se escuchará decir a nadie que a los chicos no les gusta leer.

Educados para competir

Todos los días competimos.

Profesionales, empleados, trabajadores independientes o, por ahora, desocupados, nos preguntamos qué es lo mejor que podemos vender para conseguir el dinero requerido para comprar lo que necesitamos o deseamos.

¿Qué me conviene hacer: sigo, mientras pueda, en este empleo, o busco otro, con más sueldo o mejor futuro? ¿Cuál es mi mejor perfil: empleado, con más seguridad, menos riesgos y menos sueldo, o empresario, corriendo más riesgos pero con la posibilidad de mayores beneficios? ¿Qué me convendría saber, o hacer, para cobrar más por mi trabajo? ¿Estoy condenado a aprender computación o podré trabajar otros veinte años sin que “eso” se cruce en mi vida? ¿Qué debe saber mi hijo para tener más posibilidades, en un futuro tan complicado? ¿Dónde le conviene estudiar? ¿Me sacrifico para pagarle una escuela o universidad privada?

Empresas y países se formulan preguntas parecidas.

El empresario se interroga acerca de la competencia extranjera, aunque no exporte. La apertura aduanera lo colocó en el mismo mercado al que llega el exportador extranjero. Y que, muchas veces, lo hace con más y mejores armas que las de los locales.

Muchos ven cómo sus ocupaciones -y, peor aún, sus conocimientos- se esfuman por la aplicación de nuevas tecnologías; el tornero con las máquinas de control numérico, el operario de rayos X con la tomografía computada, el graboverificador con las nuevas formas de ingreso y transmisión de datos, el empalmador de cables con la fibra óptica, el reparador de máquinas de escribir -y hasta las dactilógrafas- con las PC y las computadoras portátiles…

Otros ven cómo nuevas máquinas requieren menos personal para una producción varias veces superior a la que se hacía con las viejas. O cómo una gran empresa ahora subcontrata partes o servicios que, hasta hace poco, hacía.

Más aún, leyendo la prensa o conversando con extranjeros, comprobamos que estas situaciones se repiten en muchos países, más allá de otras diferencias que pueda haber entre ellos.

Se hace necesario razonar acerca de qué pasa y por qué suceden estas cosas, y reflexionar sobre qué puede hacer cada uno de nosotros -como empleado, padre, empresario, docente o ciudadano- para que nos vaya mejor. Es una discusión necesaria que debe preceder a los consensos y concertaciones que den base sólida a nuestro mejor futuro.

En el mundo actual, el desarrollo de nuevas tecnologías y la progresiva globalización de la economía transforman la competencia entre empresas y países.

Esta comprobación nos lleva a analizar el concepto de competitividad, que mide la capacidad de una empresa o nación para producir -en mercados libres y justos- bienes y servicios que satisfacen los mercados internacionales mientras que, simultáneamente, aumenta -o, como mínimo, conserva- el ingreso real de sus trabajadores o ciudadanos.

Es decir que, si comprobamos que Japón -desde los ’60 hasta los ’80- aumentó sus exportaciones a una tasa del tres por ciento anual, podemos decir -dejando para más tarde la discusión acerca de si los mercados internacionales son “libres y justos”- que, durante esos años, Japón competía bien. Pero si hubiese alcanzado esos resultados esclavizando y hambreando a su pueblo, no hubiese sido un país competitivo. Por suerte, lo fue.

Es fácil coincidir con los que opinan que la construcción de un contexto competitivo en un país es el factor decisivo para que en él se desarrollen empresas competitivas. También con que no hay recetas ni fórmulas seguras para resolver este problema.

De estas premisas podemos hacer diferentes lecturas y sacar distintas conclusiones.

Una de ellas nos lleva a coincidir en que el de la competitividad es un “problema nacional”. Es decir, que merece una respuesta de la Nación. Por lo tanto, si todos intervenimos en la “obra” de su construcción, cada uno debe desempeñar un papel y los demás deben conocerlo y apoyarlo.

De los millones de participantes en la solución de la competitividad argentina -como en la de todos los países- hay tres primeros actores, tres protagonistas: el Gobierno, las empresas y el sistema de educación, ciencia y tecnología.

Para escribir el libreto de esta gran obra colectiva -con algunos actos que son más largos que los períodos electorales- es necesario que nos pongamos de acuerdo, es decir, que avancemos en consensos y concertaciones.

Estos acuerdos serán tanto más sólidos cuanto más amplios, serios y desprejuiciados sean los debates previos. Esta discusión debe ser alimentada por información, que debe ser tanto nacional como internacional, ya que si debemos -y queremos- competir en un escenario global, debemos conocer -y entender- a qué juegan los demás. Y para ello es tan importante entender qué dicen -y qué se dice en- los demás países, como qué hacen y qué se hace en ellos. Y estar muy atentos a las diferencias.

Otra forma de mirar la misma realidad es que este nuevo contexto exige y genera “nuevas” empresas. Con comillas, porque son tan nuevas las que nacen como las que se transforman profundamente.

Esas “nuevas” empresas requieren “nuevos” trabajadores, cuyas comillas tienen el mismo alcance que las de las empresas.

Hay fáciles acuerdos acerca de qué caracteriza a esos nuevos trabajadores: una sólida formación básica y el dominio de algunas aptitudes. Ya no sus conocimientos o su información, ya que ésta se devalúa rápidamente y ya no tiene sentido económico transmitirla. Se debe enseñar cómo acceder a ella y cómo enriquecerla.

En muchos países y en casi todos los idiomas, se repite una pregunta: “¿Ese perfil -en el que coinciden educadores y empleadores- es el que produce el sistema educativo de nuestro país”.

La respuesta es siempre la misma: NO.

Ahora bien, si leemos estas relaciones en sentido inverso, llegamos a una valiosa comprobación: sólo si contamos con trabajadores con un perfil adecuado para desempeñarse en empresas que sepan construir sus ventajas competitivas, y elaboramos políticas públicas que cuenten con amplio acuerdo entre los que deben ejecutarlas y apoyarlas, podremos mejorar la competitividad de nuestro país.

Es decir, sólo así estaremos en condiciones de aumentar los ingresos reales y la calidad de vida de los habitantes de nuestro país.

El desafío está abierto y es apasionante. Sólo nos falta enfrentarlo.

El eterno tema de las amonestaciones

El que escribe es el menos indicado para entrar en esta polémica… pues terminó sus estudios secundarios sin amonestaciones. No recibí entonces ninguna medalla; hoy, tal vez, sería tratado de neurótico o de sumiso por algunos psicólogos y de marciano por los alumnos. Aun así, y sin complejo, creo poder decir algo.

Sirva el introito precedente para señalar que vivimos en una sociedad anómica donde todo vale (da lo mismo) porque nada empero es considerado valioso. El profeta Discépolo hablaba de “lo mismo da un burro que un gran profesor “. Desatada la polémica por las amonestaciones, sospecho que nadie en la práctica creía en ellas. Allí está el padre que las firma y da un sermón de forma y poco convincente o el que se solidariza en actitud cómplice o el que se muestra indiferente o el que sugiere que hay que aguantarse la escuela secundaria para luego ir a trabajar o a estudiar en serio en la universidad.

Y allí están también el profesor que las pone para luego levantarlas o la superioridad (“los de arriba,sabe”) que demagógicamente con írsele de las manos, ante la falta de recursos de conducción, se aferra a ellas (no pone tres, pone de a diez). Luego viene la protesta de los alumnos, la aparición de algún líder que hace sus primeras armas gremiales o políticas…y las amonestaciones terminan levantándose. ¿Qué son entonces? Un juego entre docentes, alumnos y padres (Alboroto) que se puede alcanzar a las autoridades y a los políticos (Tribunales).

Restan empero muchos interrogantes: ¿No se trasladará ese clima de anomia a los consejos de convivencia terminando éstos por poner reglas laxas? ¿Entrarán ellos también en un juego?

Creo que el problema no son las amonestaciones, el tema es otro. Me parece que los ediles, politizados como están y a la búsqueda de votos, erraron el blanco; el tema no son las amonestaciones sino la disciplina escolar. Atacaron las consecuencias, eludieron el problema.

A éste lo trasladaron olímpicamente a los consejos de convivencia (¿Por qué no Consejos con “c”? ) y éstos tendrán que enfrentar a su vez otro más profundo…el problema de los límites. ¿Quién debe ponerlos? ¿Cómo debe ponerlos? ¿Qué límites poner? Hay límites útiles e inútiles. Poner límites útiles es un acto de amor, es querer y cuidar. Es de Perseguidor poner límites inútiles. Quitar límites inútiles es un acto psicoterapéutico, quitar los útiles, un acto demagógico, se paga caro y a largo plazo. Poner límites útiles o quitar los inútiles suponen el ejercito de la paternidad y de la autoridad bien entendidas, requieren una cuota de firmeza y coherencia entre las palabras y la conducta personal.

Hay límites naturales en los que no se puede transigir: no robar, no mentir, no agredir, etc. Le han dado patadas en la cabeza a una profesora y dentro de la escuela. ¿Saben qué pasó? !Nada! Ni los dirigentes gremiales protestaron.

Estamos tocando fondo

¿Los consejos de convivencia los pondrán o encontrarán los más variados argumentos para dosificarlos o justificar sus excepciones para qué un consejo de convivencia?

Es obra de las familia que el alumno concurra a la escuela con los límites naturales incorporados a su vida y corresponde a ésta afianzarlos. Lo que natura (la familia) non da, Salamanca (la escuela) non presta…

Por eso digo que estamos tocando, porque aquí reside el origen del problema.

Algunos ensayos

Dentro de los ensayos para paliar los problemas disciplinarios de la escuela, mucho más notables en la secundaria por tener que lidiar desde la edad del pavo a la de la rebelión juvenil, se encuentran los consejos de convivencia.

Reconozcamos que no es algo nuevo, que ya existen desde hace tiempo y que algunas experiencias son exitosas; pero como experiencia de conjunto no ha sido evaluada. Los Consejos de Escuela (nuevamente por qué no consejo con “c”) creados en la provincia de Buenos Aires tuvieron corta vida. Los aportes del denominado Proyecto 13 tampoco fueron evaluados y no sé ahora por dónde deambulan.

El proyecto 13 hablaba ya de un asesor pedagógico, de una departamentalización, de concentrar horas docentes para que éstos dejen de correr entre escuelas y se dediquen a una, conociendo mejor a sus alumnos, y también de un régimen de convivencia y de un consejero de curso, hoy llamado tutor. La disciplina requiere un contexto y no es un componente aislable curricular donde tantos roles se desempeñan.

He dado cursos sobre tutorías y he encontrado allí numerosos celadores que los siguen, quieren afianzar su rol, a veces limitado a lo burocrático. De todo modos esto indica su escasa preparación y la necesidad de un perfeccionamiento mayor. El celador y el docente deben ser entrenados -ése es el término- en las nuevas técnicas de comunicación: programación neurolingüística, MET de T. Gordon, técnicas de parafraseo para consulta y consejo, técnicas para retar, etc.

Por imitación de lo que ocurre en el ámbito judicial se habla de formar docentes mediadores. Cuando se llega a una mediación es porque algo ha ocurrido y lo que queremos en educación es que no ocurra. Más vale prevenir que curar. Con todo, puede ser útil, siempre hay temas pendientes en la escuela.

Pero hay algo que poner límites; frente a la anomia, donde todo da lo mismo, hay que poner sentido. Los jóvenes experimentan un profundo vacío existencial, no encuentran un sentido para las cosas y los docentes, más que un rol de transmisores de información, deben ser motivadores y dadores de sentido. Deben descubrirles el mundo de los valores. Para ello requieren coherencia y compromiso con los valores propios que los animan.

Esto demanda de docentes y directivos un nuevo tipo de liderazgo, capaz de llegar más allá de las conductas, a los corazones. Capaz de convocarlos a los grandes desafíos. Sangre, sudor y lágrimas, prometió Winston Churchill en vísperas de la Batalla de Inglaterra. San Martín, tan poco citado en nuestra época, sostuvo que para los hombres de coraje se hicieron los grandes empresas.

Désele a los jóvenes desafíos, sométaselos a exigencias y ellos responderán. No hay que buscar la disciplina per-se, propio del clima dictactorial, ella surgirá de la actividad y del compromiso. Lo contrario, la rutina escolar, la abulia y la demagogia, han arrumbado los alumnos en los umbrales de las escuelas, fumando e incluso tomando. Pareciera que se resisten a entrar y que la escuela, a su vez, no se atreve a tenerlos.

La falta de sentido, la indiferencia consecuente, el grado de corrupción y del delito que oscurecen el país -nuestra sombra diría Carl G. Jung-, ha llevado a un conjunto de rabinos, pastores y sacerdotes cordobeses a proponer mancomunadamente una enseñanza de la moral elemental. Al tocar fondo confluyeron entre sí el viejo pueblo de la Ley, quienes veneran al Libro y la Palabra y la Iglesia…Conocer los mandamientos no le hará mal a nadie. Al menos “No mentir”, “No robar”, “Honra a tu padre y a tu madre”.

¿Qué se puede hacer con Internet?

¿Qué se puede hacer con Internet? Casi todo lo que puedas imaginar si en tu proyecto ideas un eficiente sistema de información que permita la comunicación de todos los usuarios para provocar su participación en el desarrollo, gestión y mantenimiento del propio proyecto. En otras palabras, no funcionarán ni los negocios en Internet, ni el comercio electrónico, ni las publicaciones digitales, ni el teletrabajo, ni la telemedicina, si en su estrategia empresarial no tienen previsto montar un espacio de comunicación en red. A partir de la participación de los usuarios, en función de unos objetivos, se logrará a través de la interacción gestionar el conocimiento de cada persona y sacar el mejor partido del capital intelectual colectivo. ¿Ejemplos? Muchos. Desde el diseño de una aeronave hasta la puesta en común de los problemas y soluciones de los socios de la federación de las asociaciones de padres de alumnos.

¿Cómo? Diseñar y gestionar un espacio de comunicación para reconducir las aportaciones de los usuarios específicos del espacio, requiere de un equipo de gente formada, con un conocimiento amplio de una tecnología conceptual ideada para este fin. en.medi@ (cuyo nombre también se refiere a la tecnología conceptual) es el espacio de debate de en.red.ando. A lo largo de más de un año de experiencia hemos logrado desarrollar un espacio dónde mas de un millar de participantes reflexionan sobre aquellos temas que edita el medio en red en.red.ando. A partir de esta iniciativa hemos aprendido a analizar, experimentar y aprender colectivamente los temas más variados que emergen en Internet, especialmente los del campo de la comunicación y la gestión de conocimiento.

¿Cuándo se decide una organización a montar un espacio de estas características? Cuando se observa la necesidad de comunicación interactiva entre los que conforman la empresa y/o sus clientes y proveedores. O, cuando un proyecto de nueva envergadura está basado en Internet.

Y… ¿por qué le explicamos todo esto? Simplemente porque observamos que vivimos en un ambiente en el que se habla mucho de Internet, de negocios, de comercio electrónico, de gestión de conocimiento, pero no se habla del “cómo” afrontar el día a día en todos estos aspectos.

Cuando no se respeta la dignidad de la persona

El otorgamiento de licencias extraordinarias por enfermedad en el sistema educativo ha sido tema de controversias desde tiempos casi inmemoriales. El Estatuto del Docente, que establece esos beneficios, estuvo más de una vez a punto de ser modificado, en ocasiones como moneda de canje o condición para conceder otros logros.

Por eso, la aprobación oficial de dichas licencias extraordinarias se encuentra bajo la lupa de innumerables funcionarios y especialistas. Pero esa lupa, a través de la cual esos inexpertos vienen creyendo desde antaño que lograrán la transparencia, la justicia y la eficiencia, no alcanza para neutralizar la miopía crónica, y mucho menos para sortear la ineptitud. Tampoco sirve, tal como están instaurados los controles, para evitar la corrupción o la mala fe.

Para comenzar a entender, sería mucho mejor que, al menos por un día, dejaran la lupa y los asientos cómodos de sus despachos con aire acondicionado. Convendría que se sacrificaran siquiera una vez acompañando a un paciente bajo licencia médica extraordinaria. La “Junta Médica” (?) los cita cada mes (sí; ha leído bien: cada mes), cualquiera sea la gravedad de su dolencia, para que la estructura burocrática, enfermiza y equívocamente “justiciera”, le garantice al Estado Republicano y Democrático y al pueblo sufrido, que dicho paciente, efectivamente, está enfermo.

Corrupción y abuso, hay y habrá

No vamos a negar que la corrupción es un virus que bien puede atacar aquí también. Si contagia a ocupantes de cargos electivos (ciudadanos elegidos y pagados por el pueblo), a políticos y a gremialistas, ¿por qué no habría de infectar de vez en cuando a uno que otro docente ávido de unos inmerecidos días de descanso? Pero también hay docentes -y son la mayoría de los que se ven obligados a gestionar licencias- que están enfermos de verdad. Y entonces, como ocurre siempre, pagan justos por pecadores, como se verá. Y no será ésa la estrategia para evitar licencias mal habidas.

Nada mejor que relatar un caso concreto. Se trata de una docente que ejerce en un establecimiento educativo de la provincia de Buenos Aires, cuyos demás datos no se revelan, ni se revelarán, por el respeto que merece la privacidad y la dignidad de toda persona humana. Respeto y dignidad que el aparato burocrático jamás supo tener en cuenta.

En junio de 2000, uno de los equipos médicos más reconocidos del país le diagnosticó a esta persona una “metástasis ósea de adenocarcinoma mamario”. Para llegar a tal conclusión, tras largos y penosos estudios de todo tipo y carácter, fue sometida a una biopsia de hueso. Luego se le extirpó el tumor maligno y comenzó el tratamiento oncológico (quimioterapia, etc.) determinado por los especialistas. Al poco tiempo, tuvo que sorportar otra intervención quirúrgica para colocarle una prótesis en el fémur de la pierna izquierda, con el fin de que no perdiera la posibilidad de caminar normalmente.

El origen de la Cruz Roja

Esta entidad de socorro médico es una filial de la Cruz Roja Internacional, constituida a raíz de los trabajos del filántropo suizo Juan Enrique Dunant. Durante la guerra de Crimea, Dunant fue testigo de la obra de bien que realizaba la notable enfermera Florence Nightingale, y concibió la idea de mejorar los servicios de asistencia a los heridos en el campo de batalla.

En la guerra de Italia (1859), su proyecto tomó forma, y en el Congreso de Ginebra de 1864 quedó fundada la Cruz Roja Internacional. A través de todas sus filiales en todas partes del mundo, esta institución ha extendido su campo de actividades interviniendo en casos de catástrofes públicas (terremotos, epidemias, incendios, inundaciones, etc.).

Por las nobles características de su obra, que no reconoce fronteras étnicas ni ideológicas, la Cruz Roja merece el reconocimiento y la adhesión de toda la humanidad.

Hay personas que no pueden vivir si no es haciendo el bien. Su vida es un perpetuo sacrificio. Gracias a ellas la humanidad no pierde las esperanzas de que, alguna vez, todos los hombres puedan vivir en armonía y en paz. Florencia Nightingale (1828-1910) pertenecía a esa estirpe de seres.

Era una muchacha inglesa que tuvo la valentía, para su épca, de pensar en la independencia de la mujer. Quiso hacerse enfermera y lo logró, a pesar de todos los contratiempos que tuvo que soportar. Durante la guerra de Crimea (1854-1856) reunió a treinta y ocho mujeres que sabían algo de enfermería práctica y desarrolló una tarea gigantesca atendiendo a los heridos. Por la noche recorría, con una lámpara en la mano, las salas donde yacían los soldados. Esa lámpara se convirtió en su emblema.

Después, gracias a su tenacidad, fundó una escuela de enfermeras. Su obra dio origen a una reforma humanitaria de excepcional trascendencia: La fundación de la Cruz Roja. Esta se debió a Enrique Dunant (1828-1910), quien horrorizado al ver cómo los heridos que quedaban en los campos de batalla no recibían atención alguna, pensó en la creación de una institución que protegiese sus vidas.

En 1863 catorce naciones se reunieron en Ginebra y resolvieron que el herido, el médico, y la enfermera serían considerados, en adelante, como neutrales y que el hospital sería un santuario. Se eligió un emblema: La bandera suiza con los colores invertidos: Cruz Roja sobre campo blanco.

Donde quiera que veamos una enfermera de la Cruz Roja, no nos olvidemos que ella también, como la heroica Florencia Nightingale, “lleva su lámpara”.

El libro, fiel amigo silencioso

Se dedica este día al libro, fiel amigo silencioso, aunque lleno de palabras; compañero en el triunfo, consuelo seguro en la derrota, encauzador de vocaciones, mano siempre tendida…

Así lo celebró Amado Nervo en su poema “Libros”: “Libros, urnas de ideas. Libros, arcas de ensueños. Cofres místicos que custodiáis el pensamiento humano. Nidos trémulos de alas poderosas, audaces e invisibles. Atmósfera del alma, intimidad celeste y escondida de los altos espíritus”.

No se concibe la cultura de la humanidad sino como un proceso continuo en la que una generación recibe y acrecienta la herencia espiritual de la que precedió. Esa tarea de unir la cultura de una generación con la de la que la sigue, es la trascendente tarea del libro. Si la historia nace con la invención de la escritura, está dicho también que nace con el libro. A través de las edades, el libro sufrió evoluciones lentas pero constantes.

Desde la tablilla de arcilla de los caldeos y los pergaminos y papiros de otros pueblos de la antigüedad, al libro, a la revista o al periódico actuales, ya sea distribuidos sobre el soporte electrónico o el papel, se ha operado una evolución tal, que no existe entre ellos otra similitud que la función que cumplen.

Pensamientos

Un proverbio hindú dice: “Un libro abierto es un cerebro que habla, cerrado un amigo que espera, olvidado un alma que perdona, destruido, un corazón que llora…”

Hablando de los libros han dicho: Avellaneda: “Leamos para ser mejores”. Balmes: “En la lectura debe de cuidarse dos cosas, escoger bien los libros y leerlos bien”.

Lytton: “Para la ciencia prefiere los libros más recientes, para las letras los más antiguos”.

E. de Amicis: “El destino de muchos hombres dependió de haber existido o no una biblioteca en su casa paterna”. Descartes: “La lectura es una conversación con los hombres más ilustres de los siglos pasados”.

Vives: “Si lees y oyes, hazlo atentamente si no queres perder tu tiempo y tu trabajo”.

Faguet: “Para aprender a leer, lo primero que debe hacerse es leer muy lentamente. Después volver a leer con la misma lentitud. Y así siempre, con todos los libros que tengan el honor de caer en vuestras manos y bajo vuestros ojos”.

Sarmiento: “El segundo libro que leí fue la “Vida de Franklin”. Y libro alguno me ha hecho más bien que éste. Yo me sentía Franklin. Y por qué no. Era yo pobrísimo como él y, dándome mañas y siguiendo sus huellas podía un día llegar a formarme como él, y hacerme un lugar en las letras y en la política americana”.

La televisión y la salud de los chicos

Los pequeños que miran más televisión son más propensos a sufrir lesiones, posiblemente porque imitan las irreales acciones vistas en la pantalla, dijo un grupo de investigadores españoles.

En el estudio efectuado entre octubre de 1995 y junio de 1996, los padres de 221 niños ingresados en la sala pediátrica del hospital Santa Ana en Motril, España, respondieron a cuestionarios sobre los hábitos familiares relativos al uso de la televisión. Los investigadores determinaron que los niños que miraban más televisión tenían más posibilidades de sufrir algún tipo de lesiones que aquellos que no veían televisión.

El estudio estableció que el riesgo de lesiones aumentó en un 34 por ciento por cada hora viendo televisión. “Paradójicamente, un niño que pasa más tiempo mirando televisión y dedica menos horas a actividades físicas y juegos potencialmente más peligrosos, tiene un riesgo mayor de experimentar accidentes que produzcan lesiones físicas”, escribió el autor del estudio, José Uberos Fernández.

La reseña, publicada en la revista estadounidense Archivos de Pediatría y Medicina del Adolescente, agrega: “Creemos que la representación de una realidad distorsionada en la pantalla del televisor, que el niño percibe como real, podría ayudar a explicar los resultados”. La influencia de la violencia en la televisión en los niños y sociedad en general se debate con frecuencia y los autores señalaron que expertos en el desarrollo infantil recomendaron que los padres participen en la selección de los programas que miran sus hijos.

“No cabe duda de que el efecto de la televisión sobre los espectadores se relaciona directamente con la cantidad de horas que pasan diariamente frente a ella y el contenido de los programas que ven”, dice el estudio.

Según algunos estimados, un niño promedio de la actualidad habría pasado entre siete y 10 años mirando televisión cuando cumpla los 70 años.

Entre la permisividad y el autoritarismo

Lynn Kivi estaba haciendo las compras en Woostock, cerca de Atlanta, cuando su hijo Chuck, de 9 años, empezó a molestar a su hermana. La madre puso fin a esa actitud con una cachetada.

A la salida del supermercado, la mujer fue detenida por un policía que había sido informado del episodio y obtuvo la libertad condicional después de que su marido pagara una caución de 22.000 dólares bajo la acusación de “crueldad hacia los menores”, por haber infligido a su hijo “excesivo dolor físico y mental”. Ahora corre el riesgo de ser condenada, de acuerdo con la ley de Georgia, Estados Unidos, a 20 años de cárcel.

Chuck, a su turno, declaró: “Cuando soy malo me dan una cachetada”. Con esas pocas palabras logró que la acusación contra su madre se agravara, pues la supuesta conducta delictiva se mostraba reiterada.

Los despachos de las agencias informativas son fríos y escuetos, a veces, como éste que comentamos, pero esa exigüidad verbal no impide que nos dejen, con la noticia inesperada, un tema propicio, como pocos, para el análisis. El resaltador, manejado casi intuitivamente en busca de la síntesis, ha señalado dos datos: 20 años de cárcel por una cachetada.

Cualquier lector interesado en temas de educación se queda con una verdadera andanada de preguntas que no tiene a quién hacerle. Quisiéramos conocer detalles, antecedentes, perfiles de esa familia, pero el policía que detuvo a Lynn tampoco los tenía. Se espera que los averigüe el juez antes de dejar a Chuck sin cachetadas… y sin mamá.

Con la inquietud despierta, la búsqueda se detiene en otro caso: Eva Wilkenson fue condenada a cien días de prisión por un tribunal de Virginia del Oeste, debido a que su hija, de ocho años, “acumuló 59 ausencias sin carta de excusa”. En otras palabras, faltaba a la escuela sin que su familia hubiera tomado conocimiento y actuado en consecuencia.

Mientras salta a la vista que la señora Wilkenson tampoco tendrá posibilidades, durante los cien días que durará la condena, de controlar la conducta de su pequeña, el resaltador se mueve otra vez casi mecánicamente: cien días de prisión por no estar enterada de las rabonas de su hija.

Enfrentadas, las dos noticias se parecen en cuanto dan testimonio de la severidad legislativa que afrontan las madres y los padres en algunos estados norteamericanos. Difieren al mostrar, en un caso, castigo para quien supuestamente se excedió y, en el otro, penalidades para quien se presume culpable por defecto o negligencia.

Es fácil imaginar que los padres, encorsetados por leyes que regulan de tal manera su actitud ante los hijos, pueden experimentar frente a ellos más desorientación y angustia que la inspiración y el conocimiento necesario para encontrar respuestas adecuadas a cada situación.

Instintivamente, uno se siente inclinado a dejar de lado el análisis de las leyes norteamericanas, que en este caso son la bandeja en la que acaban de servirnos un interminable menú de reflexiones. No vale tanto la pena detenernos a juzgar la conveniencia de estas previsiones legales sin preguntarnos primero, una y otra vez, cuál es la postura que debe adoptar el padre, la madre, el maestro, el educador, cuando la conducta de los chicos no es la esperada. Así vuelve a plantearse un tema crucial para la educación, tanto en el hogar como en la escuela; un delicado asunto que, dentro y fuera del aula, se convierte en el eje y condicionante de todos los aprendizajes.

Respecto de la convivencia en la escuela (término que ha reemplazado casi por snobismo a disciplina), lo más útil que se puede decir es que muchos docentes y numerosas escuelas saben atenderlo sin caer en los fáciles extremos que son la permisividad y el antiguo autoritarismo escolar. Esa materia requiere cualidades que no se adquieren obligatoriamente al seguir un curso de perfeccionamiento ni por haber alcanzado un título habilitante.

Claro que no. Entre la permisividad y el autoritarismo hay un ancho caudal de recursos que se encuentran en el estudio de la psicología pedagógica, tan necesaria para los maestros como para los padres, pero que no pueden aplicarse sin la posesión de un sano equilibrio por parte de quien ejerce la autoridad.

Indiscutiblemente, los chicos, como los adultos, necesitan límites. Pero aquí no se trata de fijar cuáles son sino de decidir cómo actuar cuando aquéllos han sido traspuestos. Desde la época del látigo, la palmeta y el bonete de burro ha pasado mucho tiempo. Gracias a la psicopedagogía, “la letra con sangre entra” dejó de ser un axioma válido en nuestra época. Pero no puede ser reemplazado por otro que garantice los despropósitos de la anarquía.

“¿Cómo cultivar el corazón y la voluntad de un chico -se preguntaba Aníbal Villaverde en un recordado manual para estudiantes de la escuela normal- ignorando la intimidad de sus sentimientos y desconociendo la naturaleza de su carácter?”.

Y nos encontramos otra vez con las frases resaltadas en los dos despachos noticiosos iniciales, al pensar que, tanto los padres como los maestros, cerca o lejos de las leyes de Georgia o de Virginia, encuentran una prisión más temible que la cárcel cuando su ignorancia les hace pensar que la violencia es el remedio, o cuando la debilidad de su carácter desdibuja la imagen del modelo que se espera.