El eterno tema de las amonestaciones

El que escribe es el menos indicado para entrar en esta polémica… pues terminó sus estudios secundarios sin amonestaciones. No recibí entonces ninguna medalla; hoy, tal vez, sería tratado de neurótico o de sumiso por algunos psicólogos y de marciano por los alumnos. Aun así, y sin complejo, creo poder decir algo.

Sirva el introito precedente para señalar que vivimos en una sociedad anómica donde todo vale (da lo mismo) porque nada empero es considerado valioso. El profeta Discépolo hablaba de “lo mismo da un burro que un gran profesor “. Desatada la polémica por las amonestaciones, sospecho que nadie en la práctica creía en ellas. Allí está el padre que las firma y da un sermón de forma y poco convincente o el que se solidariza en actitud cómplice o el que se muestra indiferente o el que sugiere que hay que aguantarse la escuela secundaria para luego ir a trabajar o a estudiar en serio en la universidad.

Y allí están también el profesor que las pone para luego levantarlas o la superioridad (“los de arriba,sabe”) que demagógicamente con írsele de las manos, ante la falta de recursos de conducción, se aferra a ellas (no pone tres, pone de a diez). Luego viene la protesta de los alumnos, la aparición de algún líder que hace sus primeras armas gremiales o políticas…y las amonestaciones terminan levantándose. ¿Qué son entonces? Un juego entre docentes, alumnos y padres (Alboroto) que se puede alcanzar a las autoridades y a los políticos (Tribunales).

Restan empero muchos interrogantes: ¿No se trasladará ese clima de anomia a los consejos de convivencia terminando éstos por poner reglas laxas? ¿Entrarán ellos también en un juego?

Creo que el problema no son las amonestaciones, el tema es otro. Me parece que los ediles, politizados como están y a la búsqueda de votos, erraron el blanco; el tema no son las amonestaciones sino la disciplina escolar. Atacaron las consecuencias, eludieron el problema.

A éste lo trasladaron olímpicamente a los consejos de convivencia (¿Por qué no Consejos con “c”? ) y éstos tendrán que enfrentar a su vez otro más profundo…el problema de los límites. ¿Quién debe ponerlos? ¿Cómo debe ponerlos? ¿Qué límites poner? Hay límites útiles e inútiles. Poner límites útiles es un acto de amor, es querer y cuidar. Es de Perseguidor poner límites inútiles. Quitar límites inútiles es un acto psicoterapéutico, quitar los útiles, un acto demagógico, se paga caro y a largo plazo. Poner límites útiles o quitar los inútiles suponen el ejercito de la paternidad y de la autoridad bien entendidas, requieren una cuota de firmeza y coherencia entre las palabras y la conducta personal.

Hay límites naturales en los que no se puede transigir: no robar, no mentir, no agredir, etc. Le han dado patadas en la cabeza a una profesora y dentro de la escuela. ¿Saben qué pasó? !Nada! Ni los dirigentes gremiales protestaron.

Estamos tocando fondo

¿Los consejos de convivencia los pondrán o encontrarán los más variados argumentos para dosificarlos o justificar sus excepciones para qué un consejo de convivencia?

Es obra de las familia que el alumno concurra a la escuela con los límites naturales incorporados a su vida y corresponde a ésta afianzarlos. Lo que natura (la familia) non da, Salamanca (la escuela) non presta…

Por eso digo que estamos tocando, porque aquí reside el origen del problema.

Algunos ensayos

Dentro de los ensayos para paliar los problemas disciplinarios de la escuela, mucho más notables en la secundaria por tener que lidiar desde la edad del pavo a la de la rebelión juvenil, se encuentran los consejos de convivencia.

Reconozcamos que no es algo nuevo, que ya existen desde hace tiempo y que algunas experiencias son exitosas; pero como experiencia de conjunto no ha sido evaluada. Los Consejos de Escuela (nuevamente por qué no consejo con “c”) creados en la provincia de Buenos Aires tuvieron corta vida. Los aportes del denominado Proyecto 13 tampoco fueron evaluados y no sé ahora por dónde deambulan.

El proyecto 13 hablaba ya de un asesor pedagógico, de una departamentalización, de concentrar horas docentes para que éstos dejen de correr entre escuelas y se dediquen a una, conociendo mejor a sus alumnos, y también de un régimen de convivencia y de un consejero de curso, hoy llamado tutor. La disciplina requiere un contexto y no es un componente aislable curricular donde tantos roles se desempeñan.

He dado cursos sobre tutorías y he encontrado allí numerosos celadores que los siguen, quieren afianzar su rol, a veces limitado a lo burocrático. De todo modos esto indica su escasa preparación y la necesidad de un perfeccionamiento mayor. El celador y el docente deben ser entrenados -ése es el término- en las nuevas técnicas de comunicación: programación neurolingüística, MET de T. Gordon, técnicas de parafraseo para consulta y consejo, técnicas para retar, etc.

Por imitación de lo que ocurre en el ámbito judicial se habla de formar docentes mediadores. Cuando se llega a una mediación es porque algo ha ocurrido y lo que queremos en educación es que no ocurra. Más vale prevenir que curar. Con todo, puede ser útil, siempre hay temas pendientes en la escuela.

Pero hay algo que poner límites; frente a la anomia, donde todo da lo mismo, hay que poner sentido. Los jóvenes experimentan un profundo vacío existencial, no encuentran un sentido para las cosas y los docentes, más que un rol de transmisores de información, deben ser motivadores y dadores de sentido. Deben descubrirles el mundo de los valores. Para ello requieren coherencia y compromiso con los valores propios que los animan.

Esto demanda de docentes y directivos un nuevo tipo de liderazgo, capaz de llegar más allá de las conductas, a los corazones. Capaz de convocarlos a los grandes desafíos. Sangre, sudor y lágrimas, prometió Winston Churchill en vísperas de la Batalla de Inglaterra. San Martín, tan poco citado en nuestra época, sostuvo que para los hombres de coraje se hicieron los grandes empresas.

Désele a los jóvenes desafíos, sométaselos a exigencias y ellos responderán. No hay que buscar la disciplina per-se, propio del clima dictactorial, ella surgirá de la actividad y del compromiso. Lo contrario, la rutina escolar, la abulia y la demagogia, han arrumbado los alumnos en los umbrales de las escuelas, fumando e incluso tomando. Pareciera que se resisten a entrar y que la escuela, a su vez, no se atreve a tenerlos.

La falta de sentido, la indiferencia consecuente, el grado de corrupción y del delito que oscurecen el país -nuestra sombra diría Carl G. Jung-, ha llevado a un conjunto de rabinos, pastores y sacerdotes cordobeses a proponer mancomunadamente una enseñanza de la moral elemental. Al tocar fondo confluyeron entre sí el viejo pueblo de la Ley, quienes veneran al Libro y la Palabra y la Iglesia…Conocer los mandamientos no le hará mal a nadie. Al menos “No mentir”, “No robar”, “Honra a tu padre y a tu madre”.

¿Qué se puede hacer con Internet?

¿Qué se puede hacer con Internet? Casi todo lo que puedas imaginar si en tu proyecto ideas un eficiente sistema de información que permita la comunicación de todos los usuarios para provocar su participación en el desarrollo, gestión y mantenimiento del propio proyecto. En otras palabras, no funcionarán ni los negocios en Internet, ni el comercio electrónico, ni las publicaciones digitales, ni el teletrabajo, ni la telemedicina, si en su estrategia empresarial no tienen previsto montar un espacio de comunicación en red. A partir de la participación de los usuarios, en función de unos objetivos, se logrará a través de la interacción gestionar el conocimiento de cada persona y sacar el mejor partido del capital intelectual colectivo. ¿Ejemplos? Muchos. Desde el diseño de una aeronave hasta la puesta en común de los problemas y soluciones de los socios de la federación de las asociaciones de padres de alumnos.

¿Cómo? Diseñar y gestionar un espacio de comunicación para reconducir las aportaciones de los usuarios específicos del espacio, requiere de un equipo de gente formada, con un conocimiento amplio de una tecnología conceptual ideada para este fin. en.medi@ (cuyo nombre también se refiere a la tecnología conceptual) es el espacio de debate de en.red.ando. A lo largo de más de un año de experiencia hemos logrado desarrollar un espacio dónde mas de un millar de participantes reflexionan sobre aquellos temas que edita el medio en red en.red.ando. A partir de esta iniciativa hemos aprendido a analizar, experimentar y aprender colectivamente los temas más variados que emergen en Internet, especialmente los del campo de la comunicación y la gestión de conocimiento.

¿Cuándo se decide una organización a montar un espacio de estas características? Cuando se observa la necesidad de comunicación interactiva entre los que conforman la empresa y/o sus clientes y proveedores. O, cuando un proyecto de nueva envergadura está basado en Internet.

Y… ¿por qué le explicamos todo esto? Simplemente porque observamos que vivimos en un ambiente en el que se habla mucho de Internet, de negocios, de comercio electrónico, de gestión de conocimiento, pero no se habla del “cómo” afrontar el día a día en todos estos aspectos.

Cuando no se respeta la dignidad de la persona

El otorgamiento de licencias extraordinarias por enfermedad en el sistema educativo ha sido tema de controversias desde tiempos casi inmemoriales. El Estatuto del Docente, que establece esos beneficios, estuvo más de una vez a punto de ser modificado, en ocasiones como moneda de canje o condición para conceder otros logros.

Por eso, la aprobación oficial de dichas licencias extraordinarias se encuentra bajo la lupa de innumerables funcionarios y especialistas. Pero esa lupa, a través de la cual esos inexpertos vienen creyendo desde antaño que lograrán la transparencia, la justicia y la eficiencia, no alcanza para neutralizar la miopía crónica, y mucho menos para sortear la ineptitud. Tampoco sirve, tal como están instaurados los controles, para evitar la corrupción o la mala fe.

Para comenzar a entender, sería mucho mejor que, al menos por un día, dejaran la lupa y los asientos cómodos de sus despachos con aire acondicionado. Convendría que se sacrificaran siquiera una vez acompañando a un paciente bajo licencia médica extraordinaria. La “Junta Médica” (?) los cita cada mes (sí; ha leído bien: cada mes), cualquiera sea la gravedad de su dolencia, para que la estructura burocrática, enfermiza y equívocamente “justiciera”, le garantice al Estado Republicano y Democrático y al pueblo sufrido, que dicho paciente, efectivamente, está enfermo.

Corrupción y abuso, hay y habrá

No vamos a negar que la corrupción es un virus que bien puede atacar aquí también. Si contagia a ocupantes de cargos electivos (ciudadanos elegidos y pagados por el pueblo), a políticos y a gremialistas, ¿por qué no habría de infectar de vez en cuando a uno que otro docente ávido de unos inmerecidos días de descanso? Pero también hay docentes -y son la mayoría de los que se ven obligados a gestionar licencias- que están enfermos de verdad. Y entonces, como ocurre siempre, pagan justos por pecadores, como se verá. Y no será ésa la estrategia para evitar licencias mal habidas.

Nada mejor que relatar un caso concreto. Se trata de una docente que ejerce en un establecimiento educativo de la provincia de Buenos Aires, cuyos demás datos no se revelan, ni se revelarán, por el respeto que merece la privacidad y la dignidad de toda persona humana. Respeto y dignidad que el aparato burocrático jamás supo tener en cuenta.

En junio de 2000, uno de los equipos médicos más reconocidos del país le diagnosticó a esta persona una “metástasis ósea de adenocarcinoma mamario”. Para llegar a tal conclusión, tras largos y penosos estudios de todo tipo y carácter, fue sometida a una biopsia de hueso. Luego se le extirpó el tumor maligno y comenzó el tratamiento oncológico (quimioterapia, etc.) determinado por los especialistas. Al poco tiempo, tuvo que sorportar otra intervención quirúrgica para colocarle una prótesis en el fémur de la pierna izquierda, con el fin de que no perdiera la posibilidad de caminar normalmente.

El origen de la Cruz Roja

Esta entidad de socorro médico es una filial de la Cruz Roja Internacional, constituida a raíz de los trabajos del filántropo suizo Juan Enrique Dunant. Durante la guerra de Crimea, Dunant fue testigo de la obra de bien que realizaba la notable enfermera Florence Nightingale, y concibió la idea de mejorar los servicios de asistencia a los heridos en el campo de batalla.

En la guerra de Italia (1859), su proyecto tomó forma, y en el Congreso de Ginebra de 1864 quedó fundada la Cruz Roja Internacional. A través de todas sus filiales en todas partes del mundo, esta institución ha extendido su campo de actividades interviniendo en casos de catástrofes públicas (terremotos, epidemias, incendios, inundaciones, etc.).

Por las nobles características de su obra, que no reconoce fronteras étnicas ni ideológicas, la Cruz Roja merece el reconocimiento y la adhesión de toda la humanidad.

Hay personas que no pueden vivir si no es haciendo el bien. Su vida es un perpetuo sacrificio. Gracias a ellas la humanidad no pierde las esperanzas de que, alguna vez, todos los hombres puedan vivir en armonía y en paz. Florencia Nightingale (1828-1910) pertenecía a esa estirpe de seres.

Era una muchacha inglesa que tuvo la valentía, para su épca, de pensar en la independencia de la mujer. Quiso hacerse enfermera y lo logró, a pesar de todos los contratiempos que tuvo que soportar. Durante la guerra de Crimea (1854-1856) reunió a treinta y ocho mujeres que sabían algo de enfermería práctica y desarrolló una tarea gigantesca atendiendo a los heridos. Por la noche recorría, con una lámpara en la mano, las salas donde yacían los soldados. Esa lámpara se convirtió en su emblema.

Después, gracias a su tenacidad, fundó una escuela de enfermeras. Su obra dio origen a una reforma humanitaria de excepcional trascendencia: La fundación de la Cruz Roja. Esta se debió a Enrique Dunant (1828-1910), quien horrorizado al ver cómo los heridos que quedaban en los campos de batalla no recibían atención alguna, pensó en la creación de una institución que protegiese sus vidas.

En 1863 catorce naciones se reunieron en Ginebra y resolvieron que el herido, el médico, y la enfermera serían considerados, en adelante, como neutrales y que el hospital sería un santuario. Se eligió un emblema: La bandera suiza con los colores invertidos: Cruz Roja sobre campo blanco.

Donde quiera que veamos una enfermera de la Cruz Roja, no nos olvidemos que ella también, como la heroica Florencia Nightingale, “lleva su lámpara”.

El libro, fiel amigo silencioso

Se dedica este día al libro, fiel amigo silencioso, aunque lleno de palabras; compañero en el triunfo, consuelo seguro en la derrota, encauzador de vocaciones, mano siempre tendida…

Así lo celebró Amado Nervo en su poema “Libros”: “Libros, urnas de ideas. Libros, arcas de ensueños. Cofres místicos que custodiáis el pensamiento humano. Nidos trémulos de alas poderosas, audaces e invisibles. Atmósfera del alma, intimidad celeste y escondida de los altos espíritus”.

No se concibe la cultura de la humanidad sino como un proceso continuo en la que una generación recibe y acrecienta la herencia espiritual de la que precedió. Esa tarea de unir la cultura de una generación con la de la que la sigue, es la trascendente tarea del libro. Si la historia nace con la invención de la escritura, está dicho también que nace con el libro. A través de las edades, el libro sufrió evoluciones lentas pero constantes.

Desde la tablilla de arcilla de los caldeos y los pergaminos y papiros de otros pueblos de la antigüedad, al libro, a la revista o al periódico actuales, ya sea distribuidos sobre el soporte electrónico o el papel, se ha operado una evolución tal, que no existe entre ellos otra similitud que la función que cumplen.

Pensamientos

Un proverbio hindú dice: “Un libro abierto es un cerebro que habla, cerrado un amigo que espera, olvidado un alma que perdona, destruido, un corazón que llora…”

Hablando de los libros han dicho: Avellaneda: “Leamos para ser mejores”. Balmes: “En la lectura debe de cuidarse dos cosas, escoger bien los libros y leerlos bien”.

Lytton: “Para la ciencia prefiere los libros más recientes, para las letras los más antiguos”.

E. de Amicis: “El destino de muchos hombres dependió de haber existido o no una biblioteca en su casa paterna”. Descartes: “La lectura es una conversación con los hombres más ilustres de los siglos pasados”.

Vives: “Si lees y oyes, hazlo atentamente si no queres perder tu tiempo y tu trabajo”.

Faguet: “Para aprender a leer, lo primero que debe hacerse es leer muy lentamente. Después volver a leer con la misma lentitud. Y así siempre, con todos los libros que tengan el honor de caer en vuestras manos y bajo vuestros ojos”.

Sarmiento: “El segundo libro que leí fue la “Vida de Franklin”. Y libro alguno me ha hecho más bien que éste. Yo me sentía Franklin. Y por qué no. Era yo pobrísimo como él y, dándome mañas y siguiendo sus huellas podía un día llegar a formarme como él, y hacerme un lugar en las letras y en la política americana”.

La televisión y la salud de los chicos

Los pequeños que miran más televisión son más propensos a sufrir lesiones, posiblemente porque imitan las irreales acciones vistas en la pantalla, dijo un grupo de investigadores españoles.

En el estudio efectuado entre octubre de 1995 y junio de 1996, los padres de 221 niños ingresados en la sala pediátrica del hospital Santa Ana en Motril, España, respondieron a cuestionarios sobre los hábitos familiares relativos al uso de la televisión. Los investigadores determinaron que los niños que miraban más televisión tenían más posibilidades de sufrir algún tipo de lesiones que aquellos que no veían televisión.

El estudio estableció que el riesgo de lesiones aumentó en un 34 por ciento por cada hora viendo televisión. “Paradójicamente, un niño que pasa más tiempo mirando televisión y dedica menos horas a actividades físicas y juegos potencialmente más peligrosos, tiene un riesgo mayor de experimentar accidentes que produzcan lesiones físicas”, escribió el autor del estudio, José Uberos Fernández.

La reseña, publicada en la revista estadounidense Archivos de Pediatría y Medicina del Adolescente, agrega: “Creemos que la representación de una realidad distorsionada en la pantalla del televisor, que el niño percibe como real, podría ayudar a explicar los resultados”. La influencia de la violencia en la televisión en los niños y sociedad en general se debate con frecuencia y los autores señalaron que expertos en el desarrollo infantil recomendaron que los padres participen en la selección de los programas que miran sus hijos.

“No cabe duda de que el efecto de la televisión sobre los espectadores se relaciona directamente con la cantidad de horas que pasan diariamente frente a ella y el contenido de los programas que ven”, dice el estudio.

Según algunos estimados, un niño promedio de la actualidad habría pasado entre siete y 10 años mirando televisión cuando cumpla los 70 años.

Entre la permisividad y el autoritarismo

Lynn Kivi estaba haciendo las compras en Woostock, cerca de Atlanta, cuando su hijo Chuck, de 9 años, empezó a molestar a su hermana. La madre puso fin a esa actitud con una cachetada.

A la salida del supermercado, la mujer fue detenida por un policía que había sido informado del episodio y obtuvo la libertad condicional después de que su marido pagara una caución de 22.000 dólares bajo la acusación de “crueldad hacia los menores”, por haber infligido a su hijo “excesivo dolor físico y mental”. Ahora corre el riesgo de ser condenada, de acuerdo con la ley de Georgia, Estados Unidos, a 20 años de cárcel.

Chuck, a su turno, declaró: “Cuando soy malo me dan una cachetada”. Con esas pocas palabras logró que la acusación contra su madre se agravara, pues la supuesta conducta delictiva se mostraba reiterada.

Los despachos de las agencias informativas son fríos y escuetos, a veces, como éste que comentamos, pero esa exigüidad verbal no impide que nos dejen, con la noticia inesperada, un tema propicio, como pocos, para el análisis. El resaltador, manejado casi intuitivamente en busca de la síntesis, ha señalado dos datos: 20 años de cárcel por una cachetada.

Cualquier lector interesado en temas de educación se queda con una verdadera andanada de preguntas que no tiene a quién hacerle. Quisiéramos conocer detalles, antecedentes, perfiles de esa familia, pero el policía que detuvo a Lynn tampoco los tenía. Se espera que los averigüe el juez antes de dejar a Chuck sin cachetadas… y sin mamá.

Con la inquietud despierta, la búsqueda se detiene en otro caso: Eva Wilkenson fue condenada a cien días de prisión por un tribunal de Virginia del Oeste, debido a que su hija, de ocho años, “acumuló 59 ausencias sin carta de excusa”. En otras palabras, faltaba a la escuela sin que su familia hubiera tomado conocimiento y actuado en consecuencia.

Mientras salta a la vista que la señora Wilkenson tampoco tendrá posibilidades, durante los cien días que durará la condena, de controlar la conducta de su pequeña, el resaltador se mueve otra vez casi mecánicamente: cien días de prisión por no estar enterada de las rabonas de su hija.

Enfrentadas, las dos noticias se parecen en cuanto dan testimonio de la severidad legislativa que afrontan las madres y los padres en algunos estados norteamericanos. Difieren al mostrar, en un caso, castigo para quien supuestamente se excedió y, en el otro, penalidades para quien se presume culpable por defecto o negligencia.

Es fácil imaginar que los padres, encorsetados por leyes que regulan de tal manera su actitud ante los hijos, pueden experimentar frente a ellos más desorientación y angustia que la inspiración y el conocimiento necesario para encontrar respuestas adecuadas a cada situación.

Instintivamente, uno se siente inclinado a dejar de lado el análisis de las leyes norteamericanas, que en este caso son la bandeja en la que acaban de servirnos un interminable menú de reflexiones. No vale tanto la pena detenernos a juzgar la conveniencia de estas previsiones legales sin preguntarnos primero, una y otra vez, cuál es la postura que debe adoptar el padre, la madre, el maestro, el educador, cuando la conducta de los chicos no es la esperada. Así vuelve a plantearse un tema crucial para la educación, tanto en el hogar como en la escuela; un delicado asunto que, dentro y fuera del aula, se convierte en el eje y condicionante de todos los aprendizajes.

Respecto de la convivencia en la escuela (término que ha reemplazado casi por snobismo a disciplina), lo más útil que se puede decir es que muchos docentes y numerosas escuelas saben atenderlo sin caer en los fáciles extremos que son la permisividad y el antiguo autoritarismo escolar. Esa materia requiere cualidades que no se adquieren obligatoriamente al seguir un curso de perfeccionamiento ni por haber alcanzado un título habilitante.

Claro que no. Entre la permisividad y el autoritarismo hay un ancho caudal de recursos que se encuentran en el estudio de la psicología pedagógica, tan necesaria para los maestros como para los padres, pero que no pueden aplicarse sin la posesión de un sano equilibrio por parte de quien ejerce la autoridad.

Indiscutiblemente, los chicos, como los adultos, necesitan límites. Pero aquí no se trata de fijar cuáles son sino de decidir cómo actuar cuando aquéllos han sido traspuestos. Desde la época del látigo, la palmeta y el bonete de burro ha pasado mucho tiempo. Gracias a la psicopedagogía, “la letra con sangre entra” dejó de ser un axioma válido en nuestra época. Pero no puede ser reemplazado por otro que garantice los despropósitos de la anarquía.

“¿Cómo cultivar el corazón y la voluntad de un chico -se preguntaba Aníbal Villaverde en un recordado manual para estudiantes de la escuela normal- ignorando la intimidad de sus sentimientos y desconociendo la naturaleza de su carácter?”.

Y nos encontramos otra vez con las frases resaltadas en los dos despachos noticiosos iniciales, al pensar que, tanto los padres como los maestros, cerca o lejos de las leyes de Georgia o de Virginia, encuentran una prisión más temible que la cárcel cuando su ignorancia les hace pensar que la violencia es el remedio, o cuando la debilidad de su carácter desdibuja la imagen del modelo que se espera.

El futuro siempre está llamando

“Hoy me encuentro aquí, frente a ustedes, en mi calidad de dinosaurio. Llevamos cuatro mil años en el planeta y no deseamos extinguirnos”.

Cuando John Tiffin sacudió semejante latigazo sobre su auditorio, nadie pudo evitar el impacto ni disimular su efecto. Y menos todavía, porque acababan de escuchar, de su propio relato, la iniciativa de unos estudiantes que habían colocado, frente a su universidad, un cartel que decía “Jurassic Park” y querían cobrar la entrada aduciendo que los dinosaurios que había en su interior no eran peligrosos.

Lo que el orador intentaba al mostrarse a sí mismo como un exponente de lo anacrónico, aun con su título de profesor de Comunicaciones de la Universidad Victoria de Wellington, Nueva Zelanda, era llamar la atención sobre la rapidez con que nuestro mundo se transforma. Tan vertiginosamente, que los cambios se tornan inasibles.

John Tiffin está decidido a que sus estudios y reflexiones sobre la educación no se conviertan en un archivo inerte de lo malo que sucede, o de lo bueno que jamás ocurrirá. Revive cada día en el debate fructífero y en la iniciativa promisoria de los que quieren, de veras, que la educación se transforme y se enriquezca.

Al preguntarse si los niños que nacen hoy se encontrarán dentro de cinco años asistiendo a la escuela en el Jurassic Park, Tiffin procuraba que la mirada de quienes tienen algo que hacer en materia de educación pudiera observar con más claridad qué es lo que, en verdad, está ocurriendo a nuestro alrededor. Y logró que muchos circunstantes pudieran ver panoramas inexorables, más amplios de los que muestran las frases hechas, los slogans de batallas en defensa de intereses transitorios, y las premuras en pos de objetivos de alcance demasiado corto.

Para brindar unas pinceladas que dejaran entrever, apenas, el camino que hace falta recorrer, relató su visita a un centro de investigaciones, en Kioto, donde tuvo oportunidad de sentarse frente a una pantalla y hallarse en una habitación con otras dos personas, cada una de las cuales estaba, en realidad, en un lugar completamente diferente y distante.

Se refería al desarrollo de la denominada televirtualidad, una mezcla de la tecnología de la realidad virtual y de la tecnología de las telecomunicaciones.

“Podíamos vernos en tres dimensiones -relató-, y además de hablarnos, podíamos tocarnos, darnos la mano y pasar objetos hacia atrás y hacia adelante”. Un anticipo fascinante de lo que serán las aulas del futuro, bastante cercano para algunos países. Una síntesis que sólo nos permite intuir el sistema educativo que debe ser desarrollado para entonces, y que estará construido sobre la base de telepresencias y realidades virtuales. Una prueba de que la sociedad industrial se extingue ante el surgimiento de la sociedad informática, alimentada por la codificación del conocimiento y el dominio de las telecomunicaciones.

Mirando desde nuestro propio escenario educativo, el contraste exige un alarde extraordinario de convicción y de audacia para que la realidad de Tiffin parezca siquiera verosímil. Sin embargo, el futuro llama a nuestras puertas prometiéndonos, como él sostuvo, que el mundo en que nuestros hijos madurarán no será el mismo que nosotros hemos conocido.

Algo tan cierto como que en la Argentina también se trabaja en el desarrollo de ese nuevo mundo de la educación. Hay círculos en los que se estudia para que los chicos que hoy están naciendo no sean los dinosaurios del sistema educativo argentino. Pero esos centros están alejados del ruido, para que no se interrumpa el sueño de una nueva educación posible.

¿Para qué la educación?

Para encontrar caminos nuevos es imprescindible llegar a responder con precisión esta pregunta. Y para ello, es útil retroceder un paso en nuestra reflexión, con el fin de ponernos de acuerdo en esto:

El conocimiento es un producto; no es natural; es construido.

La forma en que el saber existe no es la forma en que puede aprenderse.

A partir de la información, una vez que tenemos datos en nuestro poder, el conocimiento se construye en cada uno de los que aprenden, cuando logra relacionar ese acopio y darle significados.

Estos significados se orientan a cuatro razones esenciales de nuestra existencia: sobrevivir, convivir, producir, y darle sentido a la vida.

Por estas razones es que existe la educación. Y nuestro “director de orquesta”, el maestro, ya tiene bastante de qué ocuparse si le pedimos:

Reestructurar y organizar la información para que sea transmisible.

Convertirse en un generador de estímulos para que la recepción del saber sea un descubrimiento.

Ser capaz de desatar luego las condiciones que ayudarán a cada aprendiz (palabra nada despectiva; todos somos aprendices en esta vida, hasta el final), a relacionar la información y darle significados, para convertirla en su propio conocimiento.

Y en estas tres tareas, de la mano de la equidad, entra en juego la diversidad. Si la equidad es brindar igualdad de oportunidades para todos, el docente sabe que la diversidad (de talentos, de capacidades, de circunstancias sociales y económicas, etc.) exige para aquellas tres funciones suyas una capacidad de adaptación y versatilidad que hacen aún más compleja la misión.

A mi modo de ver, nuestro “director de orquesta” ya tiene suficiente trabajo y responsabilidad con esto. No debemos pedirle más. Lo que hay que hacer es aligerarlo de otras cargas que los saturan. Que otros se ocupen de ordenar las partituras, limpiar la sala, acomodar las butacas, vender las entradas, controlar el acceso, encender las luces, asegurar la acústica. Y no traducimos estas imágenes porque cualquiera puede hacerlo.

No creo que la calidad de la educación pueda comenzar a buscarse por otro camino.

La función del maestro

¿Qué resultado podría tener una encuesta en la que a representantes de todos los sectores, a la mujer y al hombre de la calle, a la madre y al padre, al político, al profesional, se les preguntara qué es lo que debe esperarse y exigirse de un maestro?

Trate de elaborar Ud. su propia respuesta antes de seguir leyendo, por favor.

En una reciente conferencia que no olvidaré fácilmente porque en su transcurso pudo experimentarse, precisamente, una aproximación a mirar la educación desde algunos otros ángulos, el Dr. Bernardo Toro, vicepresidente de Relaciones Externas de la Fundación Social de Bogotá, Colombia, ayudaba a los presentes a responderse a sí mismos qué es lo que se espera de los maestros.

En esa tarea, provocó un largo, profundo y fructífero silencio en su auditorio con la siguiente comparación:

“A un director de orquesta sólo se le pide esto: que dirija la orquesta. Antes, durante y después del concierto, únicamente se pretende que el director de orquesta dirija la orquesta. No se le pide que afine cada instrumento, ni que coloque las partituras en los atriles, ni que reciba a los asistentes, ni que controle que las butacas estén en su lugar, ni que limpie y adorne el escenario. Sólo que dirija la orquesta, y que lo haga muy bien.

“Al maestro, en cambio, estamos pidiéndole que limpie la sala, ordene las butacas, venda las entradas, reciba a los asistentes, acomode las partituras en los atriles, afine los instrumentos y, además, que dirija la orquesta.”

El siguiente paso sería averiguar qué hacer para tratar al maestro con una consideración similar, asumiendo la responsabilidad y trascendencia de su misión. ¿Qué es lo que debemos esperar de él?