Educados para competir

Todos los días competimos.

Profesionales, empleados, trabajadores independientes o, por ahora, desocupados, nos preguntamos qué es lo mejor que podemos vender para conseguir el dinero requerido para comprar lo que necesitamos o deseamos.

¿Qué me conviene hacer: sigo, mientras pueda, en este empleo, o busco otro, con más sueldo o mejor futuro? ¿Cuál es mi mejor perfil: empleado, con más seguridad, menos riesgos y menos sueldo, o empresario, corriendo más riesgos pero con la posibilidad de mayores beneficios? ¿Qué me convendría saber, o hacer, para cobrar más por mi trabajo? ¿Estoy condenado a aprender computación o podré trabajar otros veinte años sin que “eso” se cruce en mi vida? ¿Qué debe saber mi hijo para tener más posibilidades, en un futuro tan complicado? ¿Dónde le conviene estudiar? ¿Me sacrifico para pagarle una escuela o universidad privada?

Empresas y países se formulan preguntas parecidas.

El empresario se interroga acerca de la competencia extranjera, aunque no exporte. La apertura aduanera lo colocó en el mismo mercado al que llega el exportador extranjero. Y que, muchas veces, lo hace con más y mejores armas que las de los locales.

Muchos ven cómo sus ocupaciones -y, peor aún, sus conocimientos- se esfuman por la aplicación de nuevas tecnologías; el tornero con las máquinas de control numérico, el operario de rayos X con la tomografía computada, el graboverificador con las nuevas formas de ingreso y transmisión de datos, el empalmador de cables con la fibra óptica, el reparador de máquinas de escribir -y hasta las dactilógrafas- con las PC y las computadoras portátiles…

Otros ven cómo nuevas máquinas requieren menos personal para una producción varias veces superior a la que se hacía con las viejas. O cómo una gran empresa ahora subcontrata partes o servicios que, hasta hace poco, hacía.

Más aún, leyendo la prensa o conversando con extranjeros, comprobamos que estas situaciones se repiten en muchos países, más allá de otras diferencias que pueda haber entre ellos.

Se hace necesario razonar acerca de qué pasa y por qué suceden estas cosas, y reflexionar sobre qué puede hacer cada uno de nosotros -como empleado, padre, empresario, docente o ciudadano- para que nos vaya mejor. Es una discusión necesaria que debe preceder a los consensos y concertaciones que den base sólida a nuestro mejor futuro.

En el mundo actual, el desarrollo de nuevas tecnologías y la progresiva globalización de la economía transforman la competencia entre empresas y países.

Esta comprobación nos lleva a analizar el concepto de competitividad, que mide la capacidad de una empresa o nación para producir -en mercados libres y justos- bienes y servicios que satisfacen los mercados internacionales mientras que, simultáneamente, aumenta -o, como mínimo, conserva- el ingreso real de sus trabajadores o ciudadanos.

Es decir que, si comprobamos que Japón -desde los ’60 hasta los ’80- aumentó sus exportaciones a una tasa del tres por ciento anual, podemos decir -dejando para más tarde la discusión acerca de si los mercados internacionales son “libres y justos”- que, durante esos años, Japón competía bien. Pero si hubiese alcanzado esos resultados esclavizando y hambreando a su pueblo, no hubiese sido un país competitivo. Por suerte, lo fue.

Es fácil coincidir con los que opinan que la construcción de un contexto competitivo en un país es el factor decisivo para que en él se desarrollen empresas competitivas. También con que no hay recetas ni fórmulas seguras para resolver este problema.

De estas premisas podemos hacer diferentes lecturas y sacar distintas conclusiones.

Una de ellas nos lleva a coincidir en que el de la competitividad es un “problema nacional”. Es decir, que merece una respuesta de la Nación. Por lo tanto, si todos intervenimos en la “obra” de su construcción, cada uno debe desempeñar un papel y los demás deben conocerlo y apoyarlo.

De los millones de participantes en la solución de la competitividad argentina -como en la de todos los países- hay tres primeros actores, tres protagonistas: el Gobierno, las empresas y el sistema de educación, ciencia y tecnología.

Para escribir el libreto de esta gran obra colectiva -con algunos actos que son más largos que los períodos electorales- es necesario que nos pongamos de acuerdo, es decir, que avancemos en consensos y concertaciones.

Estos acuerdos serán tanto más sólidos cuanto más amplios, serios y desprejuiciados sean los debates previos. Esta discusión debe ser alimentada por información, que debe ser tanto nacional como internacional, ya que si debemos -y queremos- competir en un escenario global, debemos conocer -y entender- a qué juegan los demás. Y para ello es tan importante entender qué dicen -y qué se dice en- los demás países, como qué hacen y qué se hace en ellos. Y estar muy atentos a las diferencias.

Otra forma de mirar la misma realidad es que este nuevo contexto exige y genera “nuevas” empresas. Con comillas, porque son tan nuevas las que nacen como las que se transforman profundamente.

Esas “nuevas” empresas requieren “nuevos” trabajadores, cuyas comillas tienen el mismo alcance que las de las empresas.

Hay fáciles acuerdos acerca de qué caracteriza a esos nuevos trabajadores: una sólida formación básica y el dominio de algunas aptitudes. Ya no sus conocimientos o su información, ya que ésta se devalúa rápidamente y ya no tiene sentido económico transmitirla. Se debe enseñar cómo acceder a ella y cómo enriquecerla.

En muchos países y en casi todos los idiomas, se repite una pregunta: “¿Ese perfil -en el que coinciden educadores y empleadores- es el que produce el sistema educativo de nuestro país”.

La respuesta es siempre la misma: NO.

Ahora bien, si leemos estas relaciones en sentido inverso, llegamos a una valiosa comprobación: sólo si contamos con trabajadores con un perfil adecuado para desempeñarse en empresas que sepan construir sus ventajas competitivas, y elaboramos políticas públicas que cuenten con amplio acuerdo entre los que deben ejecutarlas y apoyarlas, podremos mejorar la competitividad de nuestro país.

Es decir, sólo así estaremos en condiciones de aumentar los ingresos reales y la calidad de vida de los habitantes de nuestro país.

El desafío está abierto y es apasionante. Sólo nos falta enfrentarlo.

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