El arte de la comunicación y el gusto por la lectura

Ya según Corominas, la etimología de la palabra “comunicar” es altamente sugestiva: deriva del término latino “communicare”, que significa, nada más y nada menos, “compartir”.

Fíjese cómo el vaciamiento de las palabras provocado por la erosión del uso y del tiempo, nos trae finalmente a una actitud equívoca. Lo que habitualmente se interpreta como comunicar (“señores: les comunico que…”), es simplemente informar. ¡Cuántas veces se habrá informado, sin compartir!

Pero aquella etimología semántica originaria puede volver a ser aprendida. Esta lección llega innegable, inocultable, cuando un chico (o un grande) advierte, no sin asombro, que ésa, la comunicación, es tal vez el único “certificado”, el verdadero y auténtico “comprobante” de que él ES, de que está vivo.

¿Un ejemplo?

Si su hijo no quiere ir a la escuela, no pierda más tiempo en buscar las causas. No le grite que es un haragán, inconsciente, vago, pertinaz, etc. etc. Invierta todo lo que pueda en buscar soluciones. Porque la primera razón -y tal vez la única causa válida- es que no tiene comunicación con los maestros. Intentan informarlo y ni eso consiguen a veces.

Llega el chico a la escuela y, muy comúnmente, no “siente” que existe. Los diálogos y las informaciones son reales, pero pertenecen a un mundo en el que el niño no “vive”.

Tampoco señale culpas porque profundizará el abismo entre esas dos “cápsulas” herméticas, en las que hay vida pero nadie lo sabe, nadie lo ve de verdad. No tiene sentido buscar culpas. No las tienen los chicos ni los grandes.

El fracaso no tiene relación directa con el esfuerzo docente. Si un maestro no logra comunicarse es porque no sabe o porque no puede. No ha descubierto aún la maravilla, el milagro portentoso. No habrá alcanzado el aprendizaje vital necesario. No habrá vivido él mismo un verdadero instante de comunicación, el asombro de tomar conciencia de su propio YO, un universo que, transitando su propia órbita, su destino singular e irrepetible, recibe de pronto la luz de otro YO que por ninguna razón, o por la más esencial, le sirve de espejo de todas las certezas.

Y eso no se aprende ni siquiera leyendo todos los libros de pedagogía y de psicología infantil escritos y por escribirse. Hay un aprendizaje que brota del transcurso de los días y hay certezas que jamás se alcanzan.

Miremos bien adentro de nosotros mismos y nos daremos cuenta de que sólo somos unos chicos… algo creciditos, nada más. Como ellos, sólo reaccionamos afectivamente. Quiero decir que únicamente aquellas experiencias que rozan lo esencial son vitales.

El resto de nuestra actividad, bien racionalizada y resguardada detrás del inexpugnable “sentido del deber”, de la asombrosa “responsabilidad” y de la tan esperada “madurez”, elevados al más encumbrado título de VIRTUD, no es más que aquella vieja respuesta infantil al “¡hacé esto porque si no…!”, con los arreglos, modificaciones, variaciones y argumentos que aseguran la “superioridad” del adulto que se pasó horas, días, meses, años, vidas, acumulando experiencia, que será proporcional a la altura a la que haya podido elevarse.

Pero la vida, energía, motivación… eso lo consiguen las vivencias que logran estimular el alma; aquellas cosas que nos quitan el sueño; o las que nos despiertan sueños nuevos.

¿Por qué fracasa la escuela? Tal vez porque sabe demasiado sobre Piaget y poco de cada uno de los chicos. Porque, contrariamente a la tendencia más generalizada del ser humano, que acabó por ser un empecinado “clasificador de especies”, los chicos no son “EL CHICO”. Cada uno es un ser individual, autónomo. El gordito no siempre es alegre y despreocupado, por ejemplo. ¡Cuántos pesares les podríamos haber ahorrado a los gorditos si no creyéramos tan apresuradamente que son superficiales y resistentes a la herida de la burla!

No es cierto que “al chico” muchas cosas no le interesan. Los chicos son la fuente más inagotable y natural del asombro y de la curiosidad. Si en algo podemos generalizar, paradójicamente, es al decir que las dos características esenciales son éstas: todos son distintos y TODO les interesa. Hay una sola condición: como los grandes, sin saberlo, ellos también buscan todo aquello que los haga sentir vivos. Y eso no depende tanto de lo que llega sino de cómo, cuándo y de dónde llega.

La escuela fracasa cuando busca “cargar una base de datos” en el centro de cómputos más delicado que existe, que es la memoria de un niño, y no procura con el mismo afán abrir CON él, compartiendo, todas las puertas que nos llevan a encontrar los espejos frente a los cuales los alumnos y los maestros nos miramos juntos, y juntos descubrimos la vida.

¿Por qué a las dos de la madrugada nos resultaría imposible conseguir un rayo de Sol? Por la misma razón un maestro no puede proponerse lograr aquí, a esta hora, en este día, que el chico esté sumamente dispuesto a mostrarse interesado y receptivo hacia la raíz cuadrada o a la superficie del círculo.

Y la literatura infantil sólo tiene una oportunidad si logra comunicarse; si puede llegar al alma del niño por la simple y poderosa razón de que éste descubre que alguien está compartiendo algo con él. Una vez que el chico QUIERA, él mismo se encargará de poner los datos donde corresondan.

¿Por qué los chicos no leen? Porque ese sentido de obligación perentoria, ese buscar el Sol a las dos de la mañana que muy comúnmente constituye el método escolar, hace que huya de todo lo que asocie con el estudio, que es para él, además, un peso, una carga, un peligro (notas, amonestaciones, firmas, enojos, retos) y en muy pocos casos logra ser el gran ventanal por donde se asoma a observar con entusiasmo y amor el inmenso espectáculo de todo lo que hay que ver en esta vida.

Las cosas que aprenden con más firmeza en la escuela son éstas: que lo que parece tener más valor es lo que a ellos no les llama la atención; que lo que han tenido que leer no les gustó, porque la propuesta no iluminó más que esa parte del ser humano que se resigna al deber. Casi todo lo que tienen que leer es gris, silencioso y opaco. Y ellos quieren color, música y brillo.

Felizmente, muchos maestros y no pocos escritores han descubierto que detrás de esa aparente trivialidad de los argumentos de la literatura infantil, puede dejarse escondida aquí o allá una señal que los niños percibirán, tal vez sin saberlo, y se quedarán afectivamente atrapados a la lectura, o al maestro, o al escritor.

Yo no podría transcribirle una fórmula que habrá de aplicarse para que sin temor al fracaso alguien intente que un niño lea. No existe esa fórmula, ni para el docente, ni para el escritor.

Como todos los chicos son distintos, todos los maestros y todos los escritores también. Por lo tanto, lo que cada uno tendría que proponerse, es descubrir su propio universo, desasirse de todo lo que cubre su verdadero “ser”, y volcar rayos de luz por todas partes. Seguro que no va a iluminar a todos. Cada vez que escribo algo, me siento conforme pensando en la posibilidad de que al menos otro ser, uno solo siquiera, reciba la vida que puse detrás de cada letra, para que “quiera” encontrarse, a través de mí, con el tema que le propongo.

Y cuanto más intente un escritor -o un maestro- esconder unas partículas de su esencia vital detrás de un relato, en medio de un argumento, más será un portador de esa verdadera realidad que los chicos andan buscando con desesperación. Y si ellos no saben pedirla, ¡cuántas veces nosotros tampoco sabemos dársela!

No creo que debamos aceptar con tanta resignación esa “enorme ventaja” que parece llevar la televisión o, en general, el material visual, respecto de la literatura.

¿Es que acaso no podemos nosotros crear imágenes? También las de la pantalla se van formando una línea tras otra. Y cada línea está formada por miles de puntos. Tomemos nuestras propias líneas y nuestros propios puntos e intentemos crear las imágenes que les hagan descubrir paisajes nuevos por donde comenzar a recorrer el infinito territorio del asombro. Y nunca más se escuchará decir a nadie que a los chicos no les gusta leer.

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