El eterno tema de las amonestaciones

El que escribe es el menos indicado para entrar en esta polémica… pues terminó sus estudios secundarios sin amonestaciones. No recibí entonces ninguna medalla; hoy, tal vez, sería tratado de neurótico o de sumiso por algunos psicólogos y de marciano por los alumnos. Aun así, y sin complejo, creo poder decir algo.

Sirva el introito precedente para señalar que vivimos en una sociedad anómica donde todo vale (da lo mismo) porque nada empero es considerado valioso. El profeta Discépolo hablaba de “lo mismo da un burro que un gran profesor “. Desatada la polémica por las amonestaciones, sospecho que nadie en la práctica creía en ellas. Allí está el padre que las firma y da un sermón de forma y poco convincente o el que se solidariza en actitud cómplice o el que se muestra indiferente o el que sugiere que hay que aguantarse la escuela secundaria para luego ir a trabajar o a estudiar en serio en la universidad.

Y allí están también el profesor que las pone para luego levantarlas o la superioridad (“los de arriba,sabe”) que demagógicamente con írsele de las manos, ante la falta de recursos de conducción, se aferra a ellas (no pone tres, pone de a diez). Luego viene la protesta de los alumnos, la aparición de algún líder que hace sus primeras armas gremiales o políticas…y las amonestaciones terminan levantándose. ¿Qué son entonces? Un juego entre docentes, alumnos y padres (Alboroto) que se puede alcanzar a las autoridades y a los políticos (Tribunales).

Restan empero muchos interrogantes: ¿No se trasladará ese clima de anomia a los consejos de convivencia terminando éstos por poner reglas laxas? ¿Entrarán ellos también en un juego?

Creo que el problema no son las amonestaciones, el tema es otro. Me parece que los ediles, politizados como están y a la búsqueda de votos, erraron el blanco; el tema no son las amonestaciones sino la disciplina escolar. Atacaron las consecuencias, eludieron el problema.

A éste lo trasladaron olímpicamente a los consejos de convivencia (¿Por qué no Consejos con “c”? ) y éstos tendrán que enfrentar a su vez otro más profundo…el problema de los límites. ¿Quién debe ponerlos? ¿Cómo debe ponerlos? ¿Qué límites poner? Hay límites útiles e inútiles. Poner límites útiles es un acto de amor, es querer y cuidar. Es de Perseguidor poner límites inútiles. Quitar límites inútiles es un acto psicoterapéutico, quitar los útiles, un acto demagógico, se paga caro y a largo plazo. Poner límites útiles o quitar los inútiles suponen el ejercito de la paternidad y de la autoridad bien entendidas, requieren una cuota de firmeza y coherencia entre las palabras y la conducta personal.

Hay límites naturales en los que no se puede transigir: no robar, no mentir, no agredir, etc. Le han dado patadas en la cabeza a una profesora y dentro de la escuela. ¿Saben qué pasó? !Nada! Ni los dirigentes gremiales protestaron.

Estamos tocando fondo

¿Los consejos de convivencia los pondrán o encontrarán los más variados argumentos para dosificarlos o justificar sus excepciones para qué un consejo de convivencia?

Es obra de las familia que el alumno concurra a la escuela con los límites naturales incorporados a su vida y corresponde a ésta afianzarlos. Lo que natura (la familia) non da, Salamanca (la escuela) non presta…

Por eso digo que estamos tocando, porque aquí reside el origen del problema.

Algunos ensayos

Dentro de los ensayos para paliar los problemas disciplinarios de la escuela, mucho más notables en la secundaria por tener que lidiar desde la edad del pavo a la de la rebelión juvenil, se encuentran los consejos de convivencia.

Reconozcamos que no es algo nuevo, que ya existen desde hace tiempo y que algunas experiencias son exitosas; pero como experiencia de conjunto no ha sido evaluada. Los Consejos de Escuela (nuevamente por qué no consejo con “c”) creados en la provincia de Buenos Aires tuvieron corta vida. Los aportes del denominado Proyecto 13 tampoco fueron evaluados y no sé ahora por dónde deambulan.

El proyecto 13 hablaba ya de un asesor pedagógico, de una departamentalización, de concentrar horas docentes para que éstos dejen de correr entre escuelas y se dediquen a una, conociendo mejor a sus alumnos, y también de un régimen de convivencia y de un consejero de curso, hoy llamado tutor. La disciplina requiere un contexto y no es un componente aislable curricular donde tantos roles se desempeñan.

He dado cursos sobre tutorías y he encontrado allí numerosos celadores que los siguen, quieren afianzar su rol, a veces limitado a lo burocrático. De todo modos esto indica su escasa preparación y la necesidad de un perfeccionamiento mayor. El celador y el docente deben ser entrenados -ése es el término- en las nuevas técnicas de comunicación: programación neurolingüística, MET de T. Gordon, técnicas de parafraseo para consulta y consejo, técnicas para retar, etc.

Por imitación de lo que ocurre en el ámbito judicial se habla de formar docentes mediadores. Cuando se llega a una mediación es porque algo ha ocurrido y lo que queremos en educación es que no ocurra. Más vale prevenir que curar. Con todo, puede ser útil, siempre hay temas pendientes en la escuela.

Pero hay algo que poner límites; frente a la anomia, donde todo da lo mismo, hay que poner sentido. Los jóvenes experimentan un profundo vacío existencial, no encuentran un sentido para las cosas y los docentes, más que un rol de transmisores de información, deben ser motivadores y dadores de sentido. Deben descubrirles el mundo de los valores. Para ello requieren coherencia y compromiso con los valores propios que los animan.

Esto demanda de docentes y directivos un nuevo tipo de liderazgo, capaz de llegar más allá de las conductas, a los corazones. Capaz de convocarlos a los grandes desafíos. Sangre, sudor y lágrimas, prometió Winston Churchill en vísperas de la Batalla de Inglaterra. San Martín, tan poco citado en nuestra época, sostuvo que para los hombres de coraje se hicieron los grandes empresas.

Désele a los jóvenes desafíos, sométaselos a exigencias y ellos responderán. No hay que buscar la disciplina per-se, propio del clima dictactorial, ella surgirá de la actividad y del compromiso. Lo contrario, la rutina escolar, la abulia y la demagogia, han arrumbado los alumnos en los umbrales de las escuelas, fumando e incluso tomando. Pareciera que se resisten a entrar y que la escuela, a su vez, no se atreve a tenerlos.

La falta de sentido, la indiferencia consecuente, el grado de corrupción y del delito que oscurecen el país -nuestra sombra diría Carl G. Jung-, ha llevado a un conjunto de rabinos, pastores y sacerdotes cordobeses a proponer mancomunadamente una enseñanza de la moral elemental. Al tocar fondo confluyeron entre sí el viejo pueblo de la Ley, quienes veneran al Libro y la Palabra y la Iglesia…Conocer los mandamientos no le hará mal a nadie. Al menos “No mentir”, “No robar”, “Honra a tu padre y a tu madre”.

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