El libro, fiel amigo silencioso

Se dedica este día al libro, fiel amigo silencioso, aunque lleno de palabras; compañero en el triunfo, consuelo seguro en la derrota, encauzador de vocaciones, mano siempre tendida…

Así lo celebró Amado Nervo en su poema “Libros”: “Libros, urnas de ideas. Libros, arcas de ensueños. Cofres místicos que custodiáis el pensamiento humano. Nidos trémulos de alas poderosas, audaces e invisibles. Atmósfera del alma, intimidad celeste y escondida de los altos espíritus”.

No se concibe la cultura de la humanidad sino como un proceso continuo en la que una generación recibe y acrecienta la herencia espiritual de la que precedió. Esa tarea de unir la cultura de una generación con la de la que la sigue, es la trascendente tarea del libro. Si la historia nace con la invención de la escritura, está dicho también que nace con el libro. A través de las edades, el libro sufrió evoluciones lentas pero constantes.

Desde la tablilla de arcilla de los caldeos y los pergaminos y papiros de otros pueblos de la antigüedad, al libro, a la revista o al periódico actuales, ya sea distribuidos sobre el soporte electrónico o el papel, se ha operado una evolución tal, que no existe entre ellos otra similitud que la función que cumplen.

Pensamientos

Un proverbio hindú dice: “Un libro abierto es un cerebro que habla, cerrado un amigo que espera, olvidado un alma que perdona, destruido, un corazón que llora…”

Hablando de los libros han dicho: Avellaneda: “Leamos para ser mejores”. Balmes: “En la lectura debe de cuidarse dos cosas, escoger bien los libros y leerlos bien”.

Lytton: “Para la ciencia prefiere los libros más recientes, para las letras los más antiguos”.

E. de Amicis: “El destino de muchos hombres dependió de haber existido o no una biblioteca en su casa paterna”. Descartes: “La lectura es una conversación con los hombres más ilustres de los siglos pasados”.

Vives: “Si lees y oyes, hazlo atentamente si no queres perder tu tiempo y tu trabajo”.

Faguet: “Para aprender a leer, lo primero que debe hacerse es leer muy lentamente. Después volver a leer con la misma lentitud. Y así siempre, con todos los libros que tengan el honor de caer en vuestras manos y bajo vuestros ojos”.

Sarmiento: “El segundo libro que leí fue la “Vida de Franklin”. Y libro alguno me ha hecho más bien que éste. Yo me sentía Franklin. Y por qué no. Era yo pobrísimo como él y, dándome mañas y siguiendo sus huellas podía un día llegar a formarme como él, y hacerme un lugar en las letras y en la política americana”.

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