Entre la permisividad y el autoritarismo

Lynn Kivi estaba haciendo las compras en Woostock, cerca de Atlanta, cuando su hijo Chuck, de 9 años, empezó a molestar a su hermana. La madre puso fin a esa actitud con una cachetada.

A la salida del supermercado, la mujer fue detenida por un policía que había sido informado del episodio y obtuvo la libertad condicional después de que su marido pagara una caución de 22.000 dólares bajo la acusación de “crueldad hacia los menores”, por haber infligido a su hijo “excesivo dolor físico y mental”. Ahora corre el riesgo de ser condenada, de acuerdo con la ley de Georgia, Estados Unidos, a 20 años de cárcel.

Chuck, a su turno, declaró: “Cuando soy malo me dan una cachetada”. Con esas pocas palabras logró que la acusación contra su madre se agravara, pues la supuesta conducta delictiva se mostraba reiterada.

Los despachos de las agencias informativas son fríos y escuetos, a veces, como éste que comentamos, pero esa exigüidad verbal no impide que nos dejen, con la noticia inesperada, un tema propicio, como pocos, para el análisis. El resaltador, manejado casi intuitivamente en busca de la síntesis, ha señalado dos datos: 20 años de cárcel por una cachetada.

Cualquier lector interesado en temas de educación se queda con una verdadera andanada de preguntas que no tiene a quién hacerle. Quisiéramos conocer detalles, antecedentes, perfiles de esa familia, pero el policía que detuvo a Lynn tampoco los tenía. Se espera que los averigüe el juez antes de dejar a Chuck sin cachetadas… y sin mamá.

Con la inquietud despierta, la búsqueda se detiene en otro caso: Eva Wilkenson fue condenada a cien días de prisión por un tribunal de Virginia del Oeste, debido a que su hija, de ocho años, “acumuló 59 ausencias sin carta de excusa”. En otras palabras, faltaba a la escuela sin que su familia hubiera tomado conocimiento y actuado en consecuencia.

Mientras salta a la vista que la señora Wilkenson tampoco tendrá posibilidades, durante los cien días que durará la condena, de controlar la conducta de su pequeña, el resaltador se mueve otra vez casi mecánicamente: cien días de prisión por no estar enterada de las rabonas de su hija.

Enfrentadas, las dos noticias se parecen en cuanto dan testimonio de la severidad legislativa que afrontan las madres y los padres en algunos estados norteamericanos. Difieren al mostrar, en un caso, castigo para quien supuestamente se excedió y, en el otro, penalidades para quien se presume culpable por defecto o negligencia.

Es fácil imaginar que los padres, encorsetados por leyes que regulan de tal manera su actitud ante los hijos, pueden experimentar frente a ellos más desorientación y angustia que la inspiración y el conocimiento necesario para encontrar respuestas adecuadas a cada situación.

Instintivamente, uno se siente inclinado a dejar de lado el análisis de las leyes norteamericanas, que en este caso son la bandeja en la que acaban de servirnos un interminable menú de reflexiones. No vale tanto la pena detenernos a juzgar la conveniencia de estas previsiones legales sin preguntarnos primero, una y otra vez, cuál es la postura que debe adoptar el padre, la madre, el maestro, el educador, cuando la conducta de los chicos no es la esperada. Así vuelve a plantearse un tema crucial para la educación, tanto en el hogar como en la escuela; un delicado asunto que, dentro y fuera del aula, se convierte en el eje y condicionante de todos los aprendizajes.

Respecto de la convivencia en la escuela (término que ha reemplazado casi por snobismo a disciplina), lo más útil que se puede decir es que muchos docentes y numerosas escuelas saben atenderlo sin caer en los fáciles extremos que son la permisividad y el antiguo autoritarismo escolar. Esa materia requiere cualidades que no se adquieren obligatoriamente al seguir un curso de perfeccionamiento ni por haber alcanzado un título habilitante.

Claro que no. Entre la permisividad y el autoritarismo hay un ancho caudal de recursos que se encuentran en el estudio de la psicología pedagógica, tan necesaria para los maestros como para los padres, pero que no pueden aplicarse sin la posesión de un sano equilibrio por parte de quien ejerce la autoridad.

Indiscutiblemente, los chicos, como los adultos, necesitan límites. Pero aquí no se trata de fijar cuáles son sino de decidir cómo actuar cuando aquéllos han sido traspuestos. Desde la época del látigo, la palmeta y el bonete de burro ha pasado mucho tiempo. Gracias a la psicopedagogía, “la letra con sangre entra” dejó de ser un axioma válido en nuestra época. Pero no puede ser reemplazado por otro que garantice los despropósitos de la anarquía.

“¿Cómo cultivar el corazón y la voluntad de un chico -se preguntaba Aníbal Villaverde en un recordado manual para estudiantes de la escuela normal- ignorando la intimidad de sus sentimientos y desconociendo la naturaleza de su carácter?”.

Y nos encontramos otra vez con las frases resaltadas en los dos despachos noticiosos iniciales, al pensar que, tanto los padres como los maestros, cerca o lejos de las leyes de Georgia o de Virginia, encuentran una prisión más temible que la cárcel cuando su ignorancia les hace pensar que la violencia es el remedio, o cuando la debilidad de su carácter desdibuja la imagen del modelo que se espera.

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